La voz latina impartire ha calado en nuestro lexicón contemporáneo con una sola acepción: repartir, comunicar, dar. Y, sinceramente, no parece que se necesite explicitar de más maneras el acto compartido que supone la enseñanza. Porque tal tesitura ha de venir dada por los dos bandos que componen una clase: por un lado, el profesor; por otro, los alumnos. Lo mismo pueden aprender los unos de los otros; tal vez no cuantitativamente, pero sí cualitativamente.
Impartir es repartir información, conocimiento; dar las pistas necesarias para resolver una cuestión, un enigma. Impartir es comunicar, mantener un intercambio de ideas, pensamientos, emociones. Impartir es más de lo que pudiere buenamente escribir en estas líneas, ¡y yo que no lo sabía! El temor no reconocido por enfrentarme a una clase viene dado por la responsabilidad que un profesor en ciernes pacta consigo. No pretendo debatir hasta qué punto es o no necesario insistir en esta responsabilidad, pero sí querría destacar lo ocurrido hace unos meses: no se me pasó por la cabeza el significado que el diccionario ofrece al verbo impartir. Y, a fin de cuentas, el verbo debe hacerse carne, realidad, no promesa o expectativa.
La preocupación por hacerlo bien o mal esconde tras de sí la importancia de la acción: repartir, comunicar, dar. Supongo que los alumnos, esos "conejillos de Indias" que aludía en entradas anteriores, experimentan una situación similar cuando se les presenta un elemento extraño ante ellos: un miedo basado en la preocupación de hacer bien las actividades que dicho sujeto vaya a mandar hacer. Sin embargo, los estudiantes, como personas que son, guardan esa otra opción que desconocen: la de impartir un conocimiento que la teoría no puede mostrar al teórico alumno de prácticas.
I love you, ELEmaníacos, lo sabéis,
Dandi sureño
No hay comentarios:
Publicar un comentario