domingo, 14 de junio de 2015

The final countdown

¡Dios os salve, ELEmaníacos!

Última entrega del pastel memorístico: hoy, el número especial: la evaluación. Esto no entraba en mis planes; ni siquiera me imaginaba que pudiere ser partícipe de un examen oral, ¡y poner notas!, aunque no valieran por mi condición de alumno de prácticas. Pero la idea de la profesora titular de hacer probar mis aptitudes evaluadoras ante los alumnos, me excitaba; así que acepte la "invitación".
     El papel que puede desempeñar en este caso el docente parece pasivo, intrascendente. Mas no es así. La misma responsabilidad que perturba al profesor "antes de" y "durante" la clase vuelve a repetirse cuando dicho profesor valora el conocimiento de un alumno sin disponer de procedimientos evaluativos que no dependen de cálculos exactos. La aritmética practicada con un examen tipo test nada tiene que ver con el subjetivismo vertido con un examen oral: el alumno, además de depender de una realización correcta, debe esperar que el docente sepa parcelar y, con ello, estimar cada uno de los aspectos que constituyen la destreza a seguir, la expresión oral. Y digo que depende del profesor no porque éste pueda imponer su mandato para fastidiar o mejorar la nota del estudiante, sino porque el hecho de tener o no un buen día hará que esa evaluación acabe siendo una cosa u otra. Y no hay que negar la evidencia: esto es así. Somos humanos, y eso implica, a veces, fallar. Está claro que si un alumno lo hace bien, será difícil que suspenda, pero no es lo mismo sacar un 6 sobre 10 que un 7 sobre 10.
     El haber sido testigo, y practicante, de este tipo de evaluación me ha permitido saber hasta qué punto es necesario equilibrar la responsabilidad. El baremo en el ejercicio evaluativo es temporal: lo que en un principio te parecía bueno, al cabo de media hora no lo parece tanto, y viceversa. Tras unos días, pensar que a un alumno podrías haberle otorgado una nota mayor debe pesar lo suyo; igual si al revés. Aquello a considerar siempre lindará con el muro invisible que lo separa de lo justo: un alumno puede repetir el mismo examen de la misma manera, acertar una y otra vez en idénticas cuestiones, que el docente no procurará la misma evaluación.


     Nos vemos pronto.


Siempre vuestro,

Dandi sureño

Un "toma y daca" necesario

¡Vamos, ELEmaníacos!

La voz latina impartire ha calado en nuestro lexicón contemporáneo con una sola acepción: repartir, comunicar, dar. Y, sinceramente, no parece que se necesite explicitar de más maneras el acto compartido que supone la enseñanza. Porque tal tesitura ha de venir dada por los dos bandos que componen una clase: por un lado, el profesor; por otro, los alumnos. Lo mismo pueden aprender los unos de los otros; tal vez no cuantitativamente, pero sí cualitativamente.
     Impartir es repartir información, conocimiento; dar las pistas necesarias para resolver una cuestión, un enigma. Impartir es comunicar, mantener un intercambio de ideas, pensamientos, emociones. Impartir es más de lo que pudiere buenamente escribir en estas líneas, ¡y yo que no lo sabía! El temor no reconocido por enfrentarme a una clase viene dado por la responsabilidad que un profesor en ciernes pacta consigo. No pretendo debatir hasta qué punto es o no necesario insistir en esta responsabilidad, pero sí querría destacar lo ocurrido hace unos meses: no se me pasó por la cabeza el significado que el diccionario ofrece al verbo impartir. Y, a fin de cuentas, el verbo debe hacerse carne, realidad, no promesa o expectativa.
     La preocupación por hacerlo bien o mal esconde tras de sí la importancia de la acción: repartir, comunicar, dar. Supongo que los alumnos, esos "conejillos de Indias" que aludía en entradas anteriores, experimentan una situación similar cuando se les presenta un elemento extraño ante ellos: un miedo basado en la preocupación de hacer bien las actividades que dicho sujeto vaya a mandar hacer. Sin embargo, los estudiantes, como personas que son, guardan esa otra opción que desconocen: la de impartir un conocimiento que la teoría no puede mostrar al teórico alumno de prácticas.

I love you, ELEmaníacos, lo sabéis,

Dandi sureño

Lo importante es participar

¡Hola, de nuevo, ELEmaníacos!

Si el período de observación permite al alumno de prácticas analizar el comportamiento pragmático del conjunto estudiantil, además de otras competencias comunicativas, la etapa de participación confirma la regla (o mejor dicho, la expresión) de que "la curiosidad mató al gato".
     Llegado el momento, uno siente la necesidad de aventurarse en esa maraña de particularidades pensantes que conforman el aula, de probar con ellos, de pretender asentar la teoría pedagógica asimilada durante el curso del máster en una situación verídica. Puedo asegurar que es el momento más lúdico de la sesión, ¡y que no se malinterprete el adjetivo!
     La participación durante las actividades (individuales y grupales) con los alumnos permite poder conocer a cada uno de ellos, académicamente hablando. Se ha de lograr empatizar con las distintas personalidades con el fin de sacar el mayor provecho. No todos los estudiantes son iguales: no todos los alumnos disponen de la misma facilidad de comprensión y este hecho propicia una práctica docente distinta para cada persona. Tal vez esta observación cueste más de advertirse desde la posición delantera del profesor, normalmente localizada justo delante de los aprendientes. Por ello insto a mantener una relación profesor-alumno basada en la proximidad académica; el docente no debe permitirse una posición estática, distante. Ya no sólo por sí mismo, también por los demás. Digo más: recojo el adjetivo antes utilizado para darle veracidad: esta relación profesor-alumno puede llegar a ser de lo más divertido en el aprendizaje de una lengua.
     Es posible que, por vez primera, presienta que la frase "lo importante es participar" adquiera ganancias para todo el mundo.

Saludos afectuosos,

Dandi sureño

Los toros, desde la barrera

¡Qué tal, pequeños ELEmaníacos!

Tomar parte activa en una clase de lengua (como de cualquier otra disciplina) requiere para los más asustadizos un período de adaptación. Atentos los que leen: el elemento extraño que suele representar el alumno de prácticas ante las miradas interrogativas que el exotismo estudiantil dispara sin mayor delicadeza, puede verse minimizado si los ánimos no se mantienen altos. Por ello, tras la oportuna presentación de mi persona por parte de la profesora titular al alumnado "conejillo de indias"* lo mejor es recogerse en un lugar apartado de ese nuevo hábitat, a la espera de los acontecimientos.
     La observación ha permitido que me percate de ciertas dificultades que un profesor de ELE puede padecer. A mi modo de ver, el problema que más se repite es el tiempo, pero también la actitud de los alumnos según el día, el tema a trabajar, la dificultad no sabida de los contenidos, etc. Además, tuve la ocasión de empezar mi andadura como alumno de prácticas justo a tiempo para ver la impartición por parte de dos compañeras mías en esa misma clase: entonces, no solamente tenía como ejemplo a la profesora titular, sino también a esos otros dos paradigmas del ELEmaníaco principiante.
     Fue en esos momentos cuando di cuenta de los posibles altibajos existentes en la enseñanza y cómo el profesor, navío en ése mar agitado, debía mantenerse a flote si no quería acabar convirtiéndose en el pecio que las citadas circunstancias prevén.
     Algunos podrán exclamar: "¡No es para tanto!"; en cambio, otros dirán : "Los toros desde la barrera se ven mejor".

Saludos cordiales,

Dandi sureño



* Doy fe de esta expresión, no como burla, y sí como admiración a esos estudiantes que han aceptado de buen grado mi presencia en el aula. Gracias, chicos.

Comienzos

¡Muy buenas, ELEmaníacos!

La participación bloggera del que escribe estas líneas pretende mostrar algunas vicisitudes ocurridas a lo largo de su andadura por las clases de español para alumnado chino en la Universitat Rovira i Virgili de Tarragona. ¿El porqué? La formación como futuro docente de lengua española para extranjeros.
     Me refería, más arriba, a la palabra "vicisitudes". La experiencia acumulada durante los tres meses en un aula de ELE para universitarios tiene mucho de claroscuro académico; no por los estudiantes ni por la profesora titular (a la cual he acompañado) a los que he acompañado, sino por mi situación como novel en este ámbito: algunas circunstancias han alterado las ideas que desde los comienzos había prefijado en mi hoja de ruta. El cuaderno de bitácora que pudiere ofrecer a los interesados describiría dos tipos de sucesos, unos prósperos y otros adversos; aunque igual de válidos en su conjunto. Pero al cabo, este claroscuro, este cúmulo de vicisitudes, no debe subrayarse sino como satisfactorio.
     Únicamente, me propongo, desde un punto de vista particular, destacar de forma breve cuatro puntos clave de dichas prácticas: la observación, la participación, la impartición y la evaluación.
     Espero que las siguientes entradas puedan serles de ayuda a aquellos que tengan pensado dedicarse a tal disciplina.

Atentamente,

Dandi sureño